viernes, 14 de noviembre de 2008

El Papa de Bronce

DEBBIE CHRISTIAN AYALA ARANDA

El pasado 12 de noviembre en la explanada de la bellísima basílica de Guadalupe, contábamos con un sol radiante, un azul profundo en el cielo y cientos de decenas de almas que aguantaban los rayos del sol con tal de poder apreciar esta bella ceremonia y reconocimiento a una persona que por mucho tiempo llenó los corazones de los mexicanos de esperanza, de oportunidades y de fortaleza para poder enfrentar las peores enfermedades o los más tristes acontecimientos; en los ojos de cada uno de los espectadores se podía observar ese rayo de dicha y felicidad, esa nueva esperanza, esa satisfacción tan grande de poder plasmar en bronce a una persona tan querida como lo era Juan Pablo segundo, el ruido era tan ensordecedor que era meramente imposible poder escuchar a la persona que se tenía al lado, los gritos se escuchaban por todos lados, los aplausos no se hicieron ausentes ni un solo momento, toda la gente ahí presente se sentía sumamente dichosa y contenta de este momento; el cardenal Norberto Rivera portaba su ropaje impecable en un color negro brillante, en sus ojos se podía ver una luz, una dicha indudablemente satisfactoria, al aparecer el cardenal la gente gritaba y aplaudía incesantemente, en sus primeras palabras el cardenal explicó que ésta era una meta lograda pues el bronce de la estatua había sido recolectado por cientos de mexicanos que donaron objetos del mismo material y fueron muchos meses de espera para poder lograr la construcción de la estatua.

La estatua era realmente hermosa, era grande y su color bronce se reflejaba con los rayos del sol dándonos un verdadero espectáculo para nuestra vista, en los ojos de la estatua se podía ver la dulzura que el mismo papa tenía cuando él tenía vida, esa ternura tan característica que lo hacía tan querido, los espectadores no parpadeaban pues era tan hermosa que no querían perder ni un solo segundo para poder apreciar su belleza, el cardenal se dio media vuelta para poder apreciar esta majestuosa obra en todo su esplendor sus ojos negros y cansados se llenaron de lágrimas, sin embargo no derramaron ninguna, la miró por aproximadamente dos minutos giró y tomó el micrófono con sus dos manos, miró al cielo y sólo dijo que estaba hecha su promesa, la gente gritaba y miraba al cielo , parecía que las nubes querían que tuviéramos una vista majestuosa pues ni una de ellas se interponía para poder observar el azul del cielo, el cardenal bajó su cabeza y dijo a todos los espectadores que, aunque el papa no estuviera entre nosotros ahora podríamos recordarlo y admirarlo, y que se encontraba en la casa de todos, en la casa de Dios.

Todas las personas presentes traían entre sus manos flores blancas como la nieve, y sólo unas cuantas, unas lindas y pequeñas palomas que dejarían en libertad cuando este maravilloso evento terminara, el cardenal agradeció la presencia de cada uno de los espectadores pidiéndoles de la manera más atenta que nunca dejen la mano de Dios y que visiten a menudo la casa de nuestra señora de Guadalupe, pues explicó que ella siempre estará ahí esperándonos con los brazos abiertos para darnos consuelo a cualquier problema que se nos pudiera presentar.

El evento fue realmente maravilloso, a lo lejos se podían escuchar plegarias y rezos de las personas que querían el remedio de sus males, en ningún momento se escuchó ni un minuto de silencio, siempre se escucharon plegarías, aplausos, rezos y gritos de felicidad; el cardenal se retiró después de la clausura del evento con la cara en alto y una enorme sonrisa en su rostro, agradeció a todos y se retiro con calma y acompañado de tres personas auxiliares para poder abrirle el paso ante tanta multitud que se encontraba en la explanada de la basílica.

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