jueves, 30 de octubre de 2008

Tres al día.

Alberto Herrera
23 de octubre de 2008

Cuando Rosario llegó sin invitación a mi ya distinguido brindis anual, supe que la velada podría tomar dos insufribles caminos: la anciana emprendería una campaña de difamación a mi famosa Lasaña o bien, atacaría con incesantes preguntas hasta colmar mi menguada serenidad y arrastrarme a confesar “cuál era el ingrediente que le otorgaba el toque especial”. Todos recibieron a la inesperada amenaza con mermada energía y asintieron con educación; posé la mirada más segura que tenía sobre sus burlones ojazos, y me obligué a decir con cariño mal fingido: -“Bienvenida, Rosario. Es un placer verte.”-.

Serví el risotto que mi abuela solía cocinar y todos lo elogiaron. Vertí el Barolo en cada copa con suavidad y elegancia. Hice un par de chistes insípidos y ellos fingieron comicidad; me preparaba para enfrentar –una vez más- al rencoroso paladar de mi suegra y sabía, lamentaría de nueva cuenta mi talento en la cocina. Cuando me dispuse a sacar al suculento estelar, enlisté en mi mente los ingredientes para verificar que todo estuviera en su lugar; tomé la charola del horno y caminé con determinación al comedor que pronto se vería transformado en un cuarto de torturas.

Creí que destacaría el montaje si la delicada juliana de zanahoria caía libremente sobre el queso, y así la coloqué; lucía inmaculada, mi deliciosa Lasaña sería leyenda una noche más. Recordé el último consejo malintencionado de Rosario y, en el resquicio más ignoto de mi razón, brotó la posibilidad; corrí al especiero y tomé la albahaca deshidratada que tanto hizo falta al gusto de la madre de mi pareja el año anterior. Esparcí con mesura y degusté. Después de todo, su incierta observación logró un efecto inesperado y deleitoso. Cuando la mujer tomó el primer bocado, hizo una mueca de espontánea sorpresa y exclamó: -“Sigues omitiendo la albahaca”-.

Es importante recordar, en toda cena y tertulia, la incontable gama de gustos a los que podemos encarar; la comida italiana es muy variada, puesto que la península se divide en dos grandes regiones gastronómicas caracterizadas por una marcada tendencia a los cereales, pastas, salsas, quesos, embutidos y vinos, principalmente. Cuando una lasaña excede un grosor módico, corremos el riesgo de quemar el exterior y dejar cruda la pasta (elaborada a base de sémola, agua, harina, huevo y el básico aceite de oliva). Un platillo es insignificante cuando no se vale de los condimentos adecuados, la guarnición ideal o los métodos precisos. Recordemos siempre una regla básica del cocinero (y que por supuesto, yo he patentado en el último minuto): Nunca olvides la albahaca en tu lasaña y jamás confíes en una suegra despechada; resultaría en un término medio entre risa incontenible y llanto irreprimible.

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